Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Después de esos dos días de viaje desagradable, no es sin un gran sentimiento de alegría que se ven las líneas de álamos y sauces que crecen en torno de la aldea de Luján y a orillas del río de igual nombre. Un poco antes de llegar a ese lugar observamos, hacia el sur, una espesa nube de color rojo oscuro. Creemos al principio que es la humareda de un inmenso incendio en las llanuras; pero pronto nos damos cuenta de que es una nube de langostas. Se dirigen éstas hacia el norte y, llevadas por una ligera brisa, nos alcanzan, porque recorren de 10 a 15 millas por hora. El principal cuerpo de ese ejército llenaba el aire desde una altura de 20 pies hasta 2.000 o 3.000 pies sobre el nivel del suelo; "el ruido de sus alas parecía el de los carros de guerra entrechocándose en la pelea", o más bien el silbido del viento en los cordajes de un navío. El cielo, visto a través de la vanguardia, semejaba un grabado sombreado; pero a través del ejército principal nada podía verse. Sin embargo, las langostas no formaban filas muy espesas, porque podían evitar un bastón agitado en medio de ellas. Se posaron en tierra a alguna distancia de nosotros y nos parecieron entonces más numerosas que las hojas de los campos; la superficie del suelo perdió su matiz verde para pasar a ser rojiza; apenas posadas en tierra, se lanzaron en todas direcciones. Las langostas son un azote bastante común en este país; ya durante esta estación, muchas nubes pequeñas de ellas habían venido del sur, donde, como aparentemente en todas las demás partes del mundo, parecen propagarse en los desiertos. Los pobres habitantes del país tratan en vano de variar la dirección del ataque encendiendo hogueras, gritando, agitando ramas. Esa especie de langosta se parece mucho al Gryllus migratorius de Oriente y quizá es idéntica.


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