Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Parto con don José Edwards para ir a visitar las minas de plata de Arqueros y para ascender por el valle de Coquimbo. Después de haber atravesado un país montañoso, llegamos al atardecer a las minas, que pertenecen a míster Edwards. Paso una noche excelente, quizá en Inglaterra no apreciaran en su justo valor la causa de tan buena noche, mas hela aquí en pocas palabras: ¡la ausencia de pulgas! Esos insectos pululan en las habitaciones de Coquimbo, pero aquí no pueden vivir, aunque no nos encontremos más que a 3.000 o 4.000 pies de altitud. La desaparición de tan incómodos huéspedes no puede atribuirse al ligero cambio de temperatura; debe de existir alguna otra causa. Las minas están hoy en malísimo estado; en otros tiempos producían anualmente 2.000 libras de plata. Vulgarmente se dice que el propietario de una mina de cobre forzosamente hace fortuna; que tiene algunas probabilidades de ello si la posee de plata; pero que seguramente se arruina si es dueño de una mina de oro. Esto no es absolutamente cierto, porque todas las grandes fortunas de Chile han sido hechas mediante la explotación de minas de metales preciosos. Hace algún tiempo, un médico inglés dejó Copiapó para regresar a Inglaterra; había realizado la fortuna que le había producido una participación en una mina de plata y disponía de 24.000 libras esterlinas. Sin duda una mina de cobre ofrece una certeza absoluta, mientras que las otras pueden ser comparadas a una jugada de dados o a un billete de lotería. Los propietarios, por lo demás, pierden una gran cantidad de minerales preciosos porque no toman las suficientes precauciones contra el robo. Cierto día oí a una persona apostar que uno de sus obreros le robaría en su presencia. Al salir el mineral de la mina, se rompen los pedazos y se echan a un lado las partes pedregosas. Dos mineros ocupados en ese trabajo tomaron una piedra cada uno sin que, al parecer, eligieran, y después gritaron riendo: "¡A ver quién de nosotros tira más lejos la piedra!" El propietario, que asistía a esa escena, apostó un cigarro con su amigo acerca del resultado. Uno de los mineros miró con todo cuidado dónde se había detenido, en medio de los escombros, la piedra arrojada y por la noche la recogió y se la llevó a su dueño, diciéndole: "He aquí la piedra que hoy le ha hecho ganar a usted un cigarro por haber ido rodando más lejos que la otra". Era una gran masa de mineral de plata.


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