Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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27.- Llegamos a Lima en plena revolución.

(19 de julio)

Echamos anclas en la bahía de El Callao, puerto de Lima, capital de Perú. Permanecemos allí seis semanas, pero el país está en plena revolución; por lo cual me han sido prohibidos los viajes al interior. Durante todo el tiempo que estuvimos allí el clima me pareció menos delicioso de lo que se dice de ordinario. Una espesa capa de nubes se cierne permanentemente sobre la zona, de tal suerte que, durante los dieciséis primeros días, no vi sino una sola vez la Cordillera detrás de Lima. Esas montañas, que se elevan unas tras otras, vistas por entre los claros de las nubes, ofrecen un magnífico espectáculo. Es casi proverbial que jamás llueve en la parte baja del Perú. No creo que esto sea muy exacto, porque casi todos los días caía una especie de neblina suficiente para poner fangosas las calles y mojar las ropas; verdad es que a eso no se le da el nombre de lluvia, sino el de rocío peruano. Por lo demás, es cierto que no debe de llover mucho, porque los techos de las casas son planos y hechos sencillamente con barro endurecido. Además, he visto en el puerto innumerables montones de trigo que estaban allí durante semanas enteras sin ser cubiertos con nada.



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