Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Echamos anclas al fin en el puerto de Sydney. Encontramos en él un gran número de bellos navíos; el puerto entero se halla rodeado de grandes almacenes. Por la tarde doy mi primer paseo por la ciudad y regreso lleno de admiración por lo que he visto. Es aquella, sin contradicción posible, una de las más admirables pruebas del poder de la nación inglesa. En algunos años, en un país que no parece ofrecer tantos recursos como América meridional, se ha hecho mil veces más que en Sudamérica durante siglos. Mi primer sentimiento es felicitarme de ser inglés. Algunos días después, cuando la ciudad me fue mejor conocida, mi admiración disminuyó acaso un poco; sin embargo, Sydney es una hermosa ciudad. Las calles son regulares, anchas y están limpias y perfectamente cuidadas; las casas son grandes, las tiendas están bien acondicionadas. Puede compararse esta ciudad a los inmensos arrabales que rodean a Londres y algunas otras grandes ciudades de Inglaterra; pero no se observa, ni siquiera cerca de Londres y de Birmingham, un crecimiento tan rápido. El número de grandes casas y de otros edificios acabados recientemente es en realidad asombroso; sin embargo, todo el mundo se queja de la carestía de los alquileres y de la dificultad que ofrece el procurarse una casa. Llegaba yo de América meridional, donde, en las ciudades, se conoce inmediatamente a todas las personas ricas, y por eso nada me sorprendía tanto como no saber inmediatamente a quién pertenecía, por ejemplo, el coche que yo veía pasar.