Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo La extrema uniformidad de la vegetación define el carácter más notable del paisaje de Nueva Gales del Sur. Por todas partes se ven bosquecillos de árboles; el suelo está cubierto en parte de míseros pastos, y no puede decirse que el verdor sea muy brillante. Casi todos los árboles pertenecen a una sola familia; casi todos también, tienen sus hojas en posición vertical, en vez de estar casi horizontales, como sucede en Europa. El follaje es, por lo demás, bastante escaso; tiene un matiz muy particular, verde pálido, sin ningún reflejo brillante. En consecuencia, los árboles parecen no dar sombra, y esto es una pérdida de bienestar para el viajero que atraviesa este país bajo los rayos ardientes de un sol de estío; pero, por otro lado, es una cosa de importancia para el colono, porque la hierba crece hasta el pie mismo del árbol. Las hojas no caen periódicamente; este carácter parece común a todo el hemisferio meridional, es decir a América del Sur, a Australia y al Cabo de Buena Esperanza. Los habitantes de este hemisferio y de las regiones intertropicales pierden así uno de los espectáculos más espléndidos –aunque para nosotros sea un espectáculo muy vulgar– que puede dar la Naturaleza; me refiero a la salida de las primeras hojas. Pueden responder, es verdad, que ese espectáculo lo pagamos muy caro, porque la tierra está recubierta durante muchos meses por verdaderos esqueletos. Esto es perfectamente cierto; pero hay que añadir que así comprendemos mejor la exquisita belleza del verdor de la primavera, belleza de que no pueden disfrutar los que viven en los trópicos, cuyos ojos se sacian durante todo el año en las magníficas producciones de esos no menos magníficos climas. La mayoría de los árboles, a excepción de algunos gomeros, no alcanzan un tamaño considerable, pero muchos son bastante altos y derechos. La corteza de algunos eucaliptos cae anualmente o pende a lo largo del tronco en inmensos trozos agitados por el viento, lo cual da a las selvas un aspecto desagradable y triste. Es imposible encontrar un contraste más completo, bajo todos los aspectos, que el que existe entre las selvas de Valdivia y de Chiloé y las de Australia.