Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Llegados al extremo del mar interior, atravesamos un estrecho islote; las olas vienen a romper sus crestas de espuma, en la costa situada a barlovento. Me seria difÃcil explicar las razones que me hacen juzgar tan grandioso el espectáculo de las costas exteriores de estos islotes de coral. Quizá sea a causa de la maravillosa sencillez de la barrera sobre la cual vienen a romper las furiosas olas, o quizá a causa de la belleza de estos verdes bosquecillos de cocoteros y de la fortaleza aparente de esta muralla de coral sembrada aquà y allá de grandes fragmentos. El océano cubre constantemente con sus aguas el ancho arrecife; se comprende que éste debe de ser un enemigo todopoderoso, casi invencible; sin embargo, es vencido por medios que de momento nos parecen extrañamente débiles e ineficaces. No es que él perdone a la roca de coral; los inmensos fragmentos esparcidos por el arrecife, acumulados en la costa donde se alzan los cocoteros, prueban, al contrario, la potencia de las olas. Esta potencia se ejerce incesantemente; el gran oleaje originado por la acción suave pero constante de los vientos alisios, que soplan siempre en igual dirección, sobre una superficie considerable, engendra olas que tienen casi la violencia de las que vemos durante una tempestad en las regiones templadas; esas olas van a chocar en el arrecife, sin descansar jamás un instante. Imposible verlas sin quedar convencido de que una isla, aunque estuviera formada de las rocas más duras, ya estuviera compuesta de pórfido, de granito o de cuarzo, acabarÃa por sucumbir ante esa irresistible presión. Sin embargo, estos insignificantes islotes de coral resisten y consiguen la victoria, y es porque aquà otra potencia desempeña su papel en ese combate. Las fuerzas orgánicas toman uno por uno de las olas en espuma los átomos de carbonato de cal y los absorben para transformarlos en una construcción simétrica. Que los rompa la tempestad, si quiere, en mil fragmentos, ¡qué importa! ¿Qué representará ese pasajero desgarro frente al trabajo de mirÃadas de arquitectos siempre a la obra, noche y dÃa, durante meses, durante siglos? ¿No es, pues, un magnifico espectáculo ver el cuerpo blanco y gelatinoso de un pólipo venciendo con ayuda de las leyes de la vida a la inmensa potencia mecánica de las olas de un océano, potencia a la cual ni la industria del hombre ni las obras inanimadas de la Naturaleza han podido resistir con éxito?