Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Pernambuco está edificado sobre algunos bancos de arena estrechos y poco elevados, separados unos de otros por canales de agua salada poco profundos. Las tres partes de que se compone la ciudad están unidas unas a otras por dos puentes muy largos, construidos sobre pilotes. Esta ciudad no es agradable; las calles son estrechas, están mal pavimentadas, llenas de desperdicios; las casas son altas y tristes. La estación de las lluvias apenas si acababa de terminar, de modo que todo el país circundante, escasamente elevado sobre el nivel del mar, estaba enteramente cubierto de agua; no pude, pues, dar por él ningún paseo. La pantanosa llanura sobre la que está edificada Pernambuco se halla rodeada, a la distancia de algunas millas, por un semicírculo de colinas poco elevadas, borde exterior de una meseta que se alza a unos 200 pies sobre el nivel del mar. La antigua ciudad de Olinda se encuentra situada en un extremo de ese semicírculo. Cierto día tomo una canoa y me dirijo a esta ciudad, que, a causa de su situación, es más limpia y más agradable que Pernambuco. Debo mencionar aquí un hecho que se me presenta por vez primera después de mis cinco años de viaje, es decir, que encuentro personas bastante bruscas y descorteses; en dos casas diferentes se me niega de modo intempestivo el permiso de atravesar sus jardines para dirigirme a una colina yerma, a fin de poder ver el país, y no sin trabajo logro por último el permiso en una tercera casa. Me siento dichoso de que esto me haya ocurrido en Brasil; no amo a este país porque es una tierra donde reina la esclavitud. A un español le hubiera dado vergüenza rechazar una petición semejante y conducirse tan groseramente con un extranjero.


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