Los empeños de una casa

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El claustro era el centro cívico y social del virreinato desde donde participó en la vida intelectual y palaciega; así, fue encargada de preparar el arco triunfal (Neptuno alegórico, 1680) para recibir al virrey Tomás de la Cerda, conde de Paredes y marqués de la Laguna, y su esposa, María Luisa Manrique de Lara, en quien encontró una protectora y amiga, la “divina Lysi” de muchos poemas. Llegó a reunir cuatro mil libros y muchos mapas e instrumentos musicales. Consagrada al estudio, no dejó de suscitar y crearse envidias y problemas con las demás monjas enclaustradas. Escribía de continuo en verso y en prosa, y por haber impugnado un sermón del padre Vieyra, famoso predicador, el obispo de Puebla Manuel Fernández de Santa Cruz, bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, le dirigió una torpe misiva, exhortándola a que, poniendo los ojos en el cielo, se apartara de las letras para consagrarse por entero a la religión. Contestó Sor Juana al prelado una carta en la cual consignó los mejores datos que se tienen sobre su vida, carácter, gustos, aficiones literarias y aun mortificaciones que éstas le produjeron en el claustro; y donde, además, con nobilísima entereza se declaró en pro de la cultura de la mujer mexicana y sostuvo el derecho de disentir. Sin embargo, poco después, a beneficio de los pobres, se deshizo de libros, instrumentos y mapas, hizo confesión general y redactó dos protestas que firmó con su sangre.


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