Los empeños de una casa
Los empeños de una casa los méritos regulando,
atento a otras conveniencias485
no nos fuese de embarazo,
dispusimos esta noche
la fuga, y atropellando
el cariño de mi padre,
y de mi honor el recato,490
salí a la calle, y apenas
daba los primeros pasos
entre cobardes recelos
de mi desdicha, fïando
la una mano a las basquiñas495
y a mi manto la otra mano,
cuando a nosotros resueltos
llegaron dos embozados.
«¿Qué gente?» dicen, y yo
con el aliento turbado,500
sin reparar lo que hacía
(porque suele en tales casos
hacer publicar secretos
el cuidado de guardarlos),
«¡Ay, Carlos, perdidos somos!»505
dije, y apenas tocaron
mis voces a sus oídos
cuando los dos arrancando
los aceros, dijo el uno:
«Matadlo, don Juan, matadlo;510