La Celestina
La Celestina que sujeción me relieua de culpa. No ayamos
enojo, assentémonos a comer. [29]
ELICIA.- ¡AssÃ! ¡Para assentar a comer, muy
diligente! ¡A mesa puesta con tus manos laua-
das e poca vergüença!
SEMPRONIO.- Después reñiremos; comamos
agora. Assiéntate, madre Celestina, tú primero.
CELESTINA.- Assentaos vosotros, mis hijos,
que harto lugar ay para todos, a Dios gracias:
tanto nos diessen del parayso, quando allá va-
mos. Poneos en orden, cada vno cabe la suya;
yo, que estoy sola, porné cabo mà este jarro e
taça, que no es más mi vida de quanto con ello
hablo. Después que me fuy faziendo vieja, no
sé mejor oficio a la mesa, que escanciar. Porque
quien la miel trata, siempre se le pega dello.
Pues de noche en inuierno no ay tal escallenta-
dor de cama. Que con dos jarrillos destos, que
beua, quando me quiero acostar, no siento frÃo
en toda la noche. Desto aforro todos mis vesti-
dos, quando viene la nauidad; esto me callenta
la sangre; esto me sostiene continuo en vn ser;
esto me faze andar siempre alegre; esto me para
fresca; desto vea yo sobrado en casa, que nunca
[30] temeré el mal año. Que vn cortezón de pan
ratonado me basta para tres dÃas. Esto quita la