La Celestina
La Celestina vezes açotado, [144] manco de la mano del espada,
treynta mugeres en la putería. Salte luego de ay. No
te vea yo más, no me hables ni digas que me conoces;
si no, por los huesos del padre que me hizo e de la
madre que me parió, yo te haga dar mill palos en
essas espaldas de molinero. Que ya sabes que tengo
quien lo sepa hazer y, hecho, salirse con ello.
CENTURIO.- ¡Loquear, bouilla! Pues si yo me
ensaño, alguna llorará. Mas quiero yrme e çofrirte,
que no sé quien entra, no nos oyan.
ELICIA.- Quiero entrar, que no es son de buen
llanto donde ay amenazas e denuestos.
AREUSA.- ¡Ay triste yo! ¿Eres tú, mi Elicia?
¡Jesú, Jesú!, no lo puedo creer. ¿Qué es esto?
¿Quién te me cubrió de dolor? ¿Qué manto de tris-
teza es este? Cata, que me espantas, hermana mía.
Dime presto qué cosa es, que estoy sin tiento, nin-
guna gota de sangre has dexado en mi cuerpo.
ELICIA.- ¡Gran dolor, gran pérdida! Poco es lo
que muestro con lo que siento y encubro; más [145]
negro traygo el coraçón que el manto, las entrañas,
que las tocas. ¡Ay hermana, hermana, que no puedo
fablar! No puedo de ronca sacar la boz del pecho.