La Celestina
La Celestina AREUSA.- ¡Ay triste! ¿Qué me tienes suspensa?
DÃmelo, no te messes, no te rascuñes ni maltrates.
¿Es común de entrambas este mal? ¿Tócame a m�
ELICIA.- ¡Ay prima mÃa e mi amor! Sempronio e
Pármeno ya no biuen, ya no son en el mundo. Sus
ánimas ya están purgando su yerro. Ya son libres
desta triste vida.
AREUSA.- ¿Qué me cuentas? No me lo digas.
Calla por Dios, que me caeré muerta.
ELICIA.- Pues más mal ay que suena. Oye a la triste, que te contará más quexas. Celestina, aquella
que tú bien conosciste, aquella que yo tenÃa por ma-
dre, aquella que me regalaua, aquella que me encu-
brÃa, aquella con quien yo me honrraua entre mis
yguales, aquella por quien yo era conoscida en toda
la ciudad e arrabales, ya está dando cuenta de sus
obras. Mill cuchilladas [146] le vi dar a mis ojos: en
mi regaço me la mataron.
AREUSA.- ¡O fuerte tribulación! ¡O dolorosas
nueuas, dignas de mortal lloro! ¡O acelerados desas-
tres! ¡O pérdida incurable! ¿Cómo ha rodeado atan
presto la fortuna su rueda? ¿Quién los mató? ¿Có-
mo murieron? Que estoy enuelesada, sin tiento,