La Celestina
La Celestina te, jamás en nuestra castellana lengua visto
ni oydo, leylo tres o quatro vezes. E tantas
quantas más lo leya, tanta más necessidad
me ponÃa de releerlo, e tanto más me agra-
daua, y en su processo nueuas sentencias
sentÃa. Vi, no sólo ser dulce en su principal
hystoria, o fición toda junta; pero avn de al-
gunas sus particularidades salÃan deleyta-
bles fontezicas de filosofÃa, de otros agrada-
bles donayres, de otros auisos e consejos co-
ntra lisonjeros e malos siruientes, e falsas
mugeres hechiceras. Vi que no tenÃa su firma
del auctor, el qual, según algunos dizen, fue
Juan de Mena, e según otros, [6]Rodrigo Co-
ta; pero quien quier que fuesse, es digno de
recordable memoria por la sotil inuención,
por la gran copia de sentencias entrexeridas,
que so color de donayres tiene. ¡Gran filóso-
fo era! E pues él con temor de detractores e
nocibles lenguas, más aparejadas a repre-
hender que a saber inuentar, quiso celar e
encubrir su nombre, no me culpeys, si en el
fin baxo que lo pongo, no espressare el mÃo.
Mayormente que, siendo jurista yo, avnque
obra discreta, es agena de mi facultad e
quien lo supiesse dirÃa que no por recreación
de mi principal estudio, del qual [7] yo más
