La Celestina
La Celestina ensáñanse presto, apacÃguanse luego. Quieren
que adeuinen lo que quieren. ¡O qué plaga! ¡O
qué enojo! ¡O qué fastÃo es conferir con ellas,
más de aquel breue tiempo, que son aparejadas
a deleyte!
CALISTO.- ¡Ve! Mientra más me dizes e más
inconuenientes me pones, más la quiero. No sé
qué s' es.
SEMPRONIO.- No es este juyzio para moços,
según [52] veo, que no se saben a razón some-
ter, no se saben administrar. Miserable cosa es
pensar ser maestro el que nunca fue discÃpulo.
CALISTO.- ¿E tú qué sabes? ¿quién te mostró
esto?
SEMPRONIO.- ¿Quién? Ellas. Que, desque se
descubren, assà pierden la vergüença, que todo
esto e avn más a los hombres manifiestan. Pon-
te pues en la medida de honrra, piensa ser más
digno de lo que te reputas. Que cierto, peor
estremo es dexarse hombre caer de su meres-
cimiento, que ponerse en más alto lugar que
deue.
CALISTO.- Pues, ¿quién yo para esso?
SEMPRONIO.- ¿Quién? Lo primero eres
hombre e de claro ingenio. E mas, a quien la
natura dotó de los mejores bienes que tuuo,