La Celestina

La Celestina

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AREUSA .- Hermano Sosia, esto hablado, basta

para que tome cargo de saber tu innocencia e la mal-

dad de tus aduersarios. Vete con Dios, que estoy

ocupada en otro negocio y me he detenido mucho

contigo.

ELICIA .- (Aparte.) ¡O sabia muger! ¡O despi-

diente propio, qual le merece el asno que ha vaziado

su secreto tan de ligero!

SOSIA .- Graciosa e suaue señora, perdóname si te

he enojado con mi tardança. Mientra holgares con

mi seruicio, jamás hallarás quien tan de grado auen-

ture en él su vida. E queden los ángeles contigo.

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AREUSA .- Dios te guíe. ¡Allá yras, azemilero!

¡Muy vfano vas por tu vida! Pues toma para tu ojo,

vellaco, e perdona, que te la doy de espaldas. ¿A

quién digo? Hermana, sal acá. ¿Qué te parece, quál

le embío? Assí sé yo tratar los tales, assí salen de mis

manos los asnos, apaleados como este e los locos

corridos e los discretos espantados e los deuotos alte-

rados e los castos encendidos. Pues, prima, aprende,

que otra arte es esta que la de Celestina; avnque ella me tenía por boua, porque me quería yo serlo. E pues


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