La Celestina
La Celestina CALISTO.- ¿Qué? [54]
SEMPRONIO.- Que ¡assí me medre Dios, co-
mo me será gracioso de oyr!
CALISTO.- Pues porque ayas plazer, yo lo fi-
guraré por partes mucho por estenso.
SEMPRONIO.- ¡Duelos tenemos! Esto es tras
lo que yo andaua. De passarse haurá ya esta
importunidad.
CALISTO.- Comienço por los cabellos. ¿Vees
tú las madexas del oro delgado, que hilan en
Arabia? Más lindos son e no resplandescen
menos. Su longura hasta el postrero assiento de
sus pies; después crinados e atados con la del-
gada cuerda, como ella se los pone, no ha más
menester para conuertir los hombres en pie-
dras.
SEMPRONIO.- ¡Mas en asnos!
CALISTO.- ¿Qué dizes?
SEMPRONIO.- Dixe que essos tales no serían
cerdas de asno. [55]
CALISTO.- ¡Veed qué torpe e qué compara-
ción!
SEMPRONIO.- ¿Tú cuerdo?
CALISTO.- Los ojos verdes, rasgados; las pes-
tañas luengas; las cejas delgadas e alçadas; la
nariz mediana; la boca pequeña; los dientes
menudos e blancos; los labrios colorados e gro-