La Celestina
La Celestina en tu congoxosa dança. Enemigo de amigos,
amigo de enemigos, ¿por qué te riges sin orden
ni concierto? Ciego te pintan, pobre e moço.
Pónente vn arco en la mano, con que tiras a
tiento; más ciegos son tus ministros, que jamás
sienten ni veen el desabrido galardón, que saca
de tu seruicio. Tu fuego es de ardiente rayo,
que jamás haze señal dó llega. La leña, que gas-
ta tu [227] llama, son almas e vidas de humanas
criaturas. Las quales son tantas, que de quien
començar pueda, apenas me ocurre. No solo de
christianos; mas de gentiles e judíos e todo en
pago de buenos seruicios. ¿Qué me dirás de
aquel Macías de nuestro tiempo, cómo acabó
amando, cuyo triste fin tú fuiste la causa? ¿Qué
hizo por ti Paris? ¿Qué Elena? ¿Qué hizo
Ypermestra? ¿Qué Egisto? Todo el mundo lo
sabe. Pues a Sapho, Ariadna, Leandro, ¿qué
pago les diste? Hasta Dauid e Salomón no qui-
siste dexar sin pena. Por tu amistad Sansón
pagó lo que mereció, por creerse de quien tú le
forçaste a darle fe. Otros muchos, que callo,
porque tengo harto que contar en mi mal.
Del mundo me quexo, porque en sí me crió,
porque no me dando vida, no engendrara en él
a Melibea, no nascida no amara, no amando
cessara mi quexosa e desconsolada postrimería.