Ciudadela
Ciudadela También yo, en la arena virgen y extendida a la manera del talco, he releído, a destiempo, la historia de mi enemigo. Sabiendo que un paso está siempre precedido por otro paso que lo autoriza y que la cadena va de eslabón en eslabón sin que ningún eslabón pueda jamás faltar. Si el viento no se alzara y, atormentando la arena, no borrara soberbiamente la página de escritura, como en la pizarra de un escolar, podría remontarme de huella en huella, hasta el origen de las cosas o, persiguiendo la caravana, sorprenderla en la barranca donde ha juzgado oportuno detenerse. Pero en el curso de esta lectura no he recibido ninguna enseñanza que me permita precederla en su marcha. Porque la verdad que la domina es de esencia distinta a la de la arena de que dispongo. Y el conocimiento de las huellas es conocimiento de un reflejo estéril que no me instruirá ni sobre el odio ni sobre el terror, ni sobre el amor que, principalmente, gobierna a los hombres.
—Entonces -me dirán mis generales, sólidamente plantados en su estupidez-, todo se demuestra todavía. Si conozco el odio, el amor o el terror que los domina preveré sus movimientos. El porvenir, pues, está contenido en el presente…