Ciudadela

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Algunos, sin embargo, para hacerme admirar su ciudad me llevaban con ellos al interior de sus murallas y me conducían primero al templo. Y entraba, conmovido por el silencio y la sombra y la frescura. Entonces meditaba. Y mi meditación me parecía más importante que el alimento y la conquista. Porque me había nutrido para vivir, había vivido para conquistar, y había conquistado para retornar y meditar y sentir mi corazón más vasto en el reposo de mi silencio. «He aquí -decía yo- la verdad del hombre. Existe por su alma. Al frente de mi ciudad instalaré poetas y sacerdotes. Y harán dilatarse el corazón de los hombres». Y esto no era más verdadero ni menos verdadero, sino otra cosa…

Y si ahora, en mi sabiduría, empleo la palabra ciudad, no me sirvo de ella para razonar, sino para especificar simplemente todo lo que ella carga en mi corazón y que la experiencia me ha enseñado y mi solicitud en sus callejas y la partición del pan en sus moradas y su gloria de perfil en la llanura y su orden admirado desde lo alto de las montañas. Y muchas otras cosas que no sé decir o en las cuales no pienso en este momento. ¿Y cómo emplearía yo la palabra para razonar, pues lo que es verdadero bajo un signo es falso por otro?



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