Ciudadela

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Mas, por sobre todas las cosas, se me presenta algo imperioso en lo concerniente a la heredad de los hombres, herencia que de generación en generación se transmiten unos a otros, pues si, en el silencio de mi amor, voy lentamente por la ciudad y miro a aquélla que habla al prometido y le sonríe con temor tierno, o a aquella otra que aguarda el regreso del guerrero, o a esa otra que reprende a su sirviente, o a aquélla que predica resignación y justicia, o al que divide a la multitud, se yergue en su venganza y asume la defensa del débil, o a ese otro, simplemente, que esculpe su objeto de marfil y lo recomienza, y paso a paso se aproxima a la perfección que existe en él. Si considero a mi ciudad cuando se duerme y hace ese ruido que va muriendo como el de un címbalo que se ha golpeado y que resuena aún y se sosiega como si el sol lo hubiera agitado, como agita un enjambre de abejas, después llega la noche que cansa sus alas y devuelve el perfume a las flores, y no hay más huellas que los guíen en el lecho de los vientos. Cuando veo extinguirse esas luces y dormirse bajo las cenizas todos esos fuegos guardando cada cual de nuevo su bien, quién su cosecha en el fondo de sus granjas, quién sus niños que juegan en el umbral, quién su perro o su asno, quién su taburete de anciano; cuando por fin mi ciudad reposa ordenada como un fuego bajo la ceniza, y todas las reflexiones, todas las plegarias, todos los proyectos, todos los ímpetus, todos los temores, todos los movimientos del corazón para escoger o rechazar, todos los problemas no resueltos que esperan sus soluciones, todos los odios que no se matarán antes del día, todas las ambiciones que no descubrirán nada antes del alba, reservadas todos las plegarias que ligan al hombre con Dios, inútiles como las escaleras en el almacén, en moratoria y como muertas, pero no extintas, puesto que ese gigantesco patrimonio que de nada sirve en el instante, no está perdido, sino reservado y trasladado, y el sol que agitará el enjambre lo devolverá como una herencia, y cada uno reanudará su búsqueda, su alegría, su pena, su odio o su ambición, y mi colonia de abejas volverá a sus cardos y a sus lirios, entonces me pregunto: ¿Qué será de esos graneros de imágenes…?


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