Ciudadela
Ciudadela Y vi al leproso salir de su cubil y pasear sobre nosotros su mirada muerta. Más inaccesible a ese rumor, que sin embargo trataba de halagarlo, que a las olas del mar. Desligado de nosotros y en adelante inaccesible. Y si alguno de la multitud expresaba su piedad, él lo miraba con un desprecio vago… No solidario. Fastidiado de un juego sin caución. Pues, ¿qué es una piedad que no toma en sus brazos para mecer? Y en cambio, si algo de animal todavía solicitaba su cólera por haberse convertido así en espectáculo y curiosidad de feria, cólera poco profunda en verdad, porque ya no éramos de su universo, como los niños alrededor del estanque donde da vueltas la única carpa lenta, ¿qué nos importaba su cólera? Pues, ¿qué es una cólera que no puede golpear y no hace más que arrojar palabras vacías en el viento que las lleva? Así se me apareció, despojado por su opulencia. Y me acordaba de aquellos leprosos que en el sur, a causa de las leyes concernientes a la lepra, exigían en los oasis desde lo alto de sus caballos de los que no tenían derecho a descender. Tendiendo su escudilla atada al extremo de un palo. Y mirando duramente y sin ver, pues los rostros felices eran para ellos sólo territorio de caza. ¿Y por qué habrían de irritarse por una dicha tan ajena a sus universos como los juegos silenciosos de los animalitos en el claro del bosque? Miraban, pues, fríamente sin ver. Después, pasaban a paso lento delante de las tiendas y bajaban una cesta desde lo alto de su caballo con una cuerda. Y aguardaban con paciencia a que el comerciante la llenara. Paciencia lúgubre que atemorizaba. Porque, inmóviles, eran tan sólo para nosotros vegetación lenta de la enfermedad. Hornos, crisoles y alambiques de podredumbre. Eran sólo lugares de paso y campo cerrado y moradas del mal. Pero ¿qué esperaban? Nada. Porque no se espera nada de sí mismo, sino de otro distinto a uno mismo. Y cuanto más rudimentario sea tu lenguaje, más groseros tus lazos con los hombres, menos conocerás la espera y el tedio.