Ciudadela
Ciudadela Sin embargo, se estableció una costumbre. Los habitantes venÃan cada dÃa, conmovidos por su miseria, a arrojar ofrendas del otro lado de los postes que erizaban esa frontera. Y he aquà que era servido, engalanado y vestido como un Ãdolo. Alimentado con los mejores bocados. Y hasta honrado con música los dÃas de fiesta. Y sin embargo, si él tenÃa necesidad de todos, nadie necesitaba de él. DisponÃa de todos los bienes, pero no tenÃa bienes que ofrecer.
—Asà sucede con los Ãdolos de madera -me dijo mi padre-, a los que recargas de presentes. Y arden ante ellos las lamparillas de los fieles. Y humea el aroma de los sacrificios. Y se orna su cabellera con pedrerÃas. Pero, te lo aseguro, la multitud que arroja a sus Ãdolos sus brazaletes de oro y sus pedrerÃas, se acrecienta; pero el Ãdolo de madera queda madera. Porque no transforma nada. Pues vivir, para el árbol, es tornar tierra y amasar flores con ella.