Ciudadela

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Los de la ciudad solían venir a observarlo. Se reunían alrededor del campo como los que habiendo hecho la ascensión de la montaña se inclinan en seguida sobre el cráter del volcán. Pues palidecen al escuchar bajo sus pies que el globo prepara sus eructos. Se aglutinaban como alrededor de un misterio, alrededor del campo encuadrado del leproso. Pero no había misterio.

—No te forjes ilusiones -me decía mi padre. No imagines su desesperación y sus brazos retorcidos en el insomnio y su cólera contra Dios o contra sí mismo o contra los hombres. Porque sólo hay en él ausencia que crece. ¿Qué tendría de común con los hombres? Sus ojos se vacían y sus brazos caen de él como ramas. Y no recibe ya de la ciudad sino el ruido de un lejano acarreo. La vida apenas lo alimenta con un espectáculo vago. Un espectáculo no es nada. No vives sino de lo que tú transformas. No vives de lo que está almacenado en ti como en una despensa. Y ése viviría si pudiera azotar al caballo y acarrear piedras y contribuir a la edificación del templo. Pero todo le es dado.





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