Ciudadela
Ciudadela ”Ha deseado obtener. Ha obtenido. ¿Es que ha llegado ahora la dicha para él? Pero la dicha era el esfuerzo por obtener. Mirad la planta que formó su flor. ¿Feliz por haber formado su flor? No, pero acabada. Y sin desear nada más que la muerte. Porque conozco el deseo. La sed del trabajo. El gusto de triunfar. Después el reposo. Pero nadie vive de ese reposo que no es alimento. Es preciso no confundir el alimento y el fin. Aquél ha corrido más ligero. Y ha ganado. Pero no podría vivir de la carrera ganada. Ni el otro que amaba el mar de su única tempestad vencida. La tempestad que él vence es una brazada mientras nada. Y requiere otro movimiento. Y el placer de formar la flor, de vencer la tempestad, de construir el templo, se distingue del placer de poseer una flor hecha, una tempestad vencida, un templo de pie. Ilusoria esperanza de gozar como ferviente lo que se ha primero condenado, esperando, guerrero, sacar sus alegrías de las alegrías del sedentario. Y sin embargo, en apariencia, el guerrero combate para obtener lo que alimenta al sedentario; pero no tiene derecho a desilusionarse si se transforma de inmediato en sedentario, pues falsa es la zozobra del que os dice que la satisfacción huye eternamente delante del deseo. Porque entonces uno se equivoca acerca del objeto del deseo. Lo que persigue eternamente, dices, eternamente se aleja… Es como si el árbol se quejara: “He formado mi flor, diría, y he aquí que se transforma en semilla y que la semilla se transforma en árbol y otra vez más el árbol en flor…”. Así, has vivido tu tempestad y tu tempestad se ha transformado en reposo; pero tu reposo es preparación de la tormenta. Yo te lo aseguro: No hay amnistía divina que te evite el porvenir. Querrías ser: no será sino cuando llegues a Dios. Te devolverá a su granero cuando te hayas transformado lentamente y amasado por tus actos; porque el hombre, según ves, tarda mucho en nacer.