Ciudadela
Ciudadela Y ahora que me atormenta este dolor sordo en mis riñones, que mis médicos no saben curar, ahora que soy como un árbol del bosque bajo el hacha del leñador, y que Dios ha de abatirme a mi vez como a una torre gastada, ahora que mis despertares no son ya despertares de veinte años y descanso de los músculos y vuelo aéreo del espÃritu, he hallado mi consuelo, que consiste en no sufrir por esos anuncios que se difunden por mi cuerpo y en no sentirme herido por sufrimientos mezquinos y personales, encerrados en mà y a los que los historiadores del imperio no concederán tres lÃneas en sus crónicas; porque poco importa que mi diente se afloje y que me lo arranquen, y serÃa miserable de mi parte esperar la menor piedad. Por el contrario, la cólera me invade si pienso en ello. Porque esas resquebrajaduras de la corteza son del vaso, no del contenido. Y me cuentan que mi vecino del este, cuando fue atacado de parálisis y un costado se le volvió frÃo y muerto, al transportar consigo ese hermano siamés que no reÃa más, no perdió nada de su dignidad, sino que salió airoso de ese aprendizaje. Y a los que lo felicitaban por su entereza de ánimo respondÃa con desprecio que se equivocaban acerca de su persona, y que ese género de homenajes debieran conservarlos para los boticarios de la ciudad. Porque aquél que reina, si no reina primero sobre su propio cuerpo, es sólo un usurpador ridÃculo. ¡No hay decadencia para mÃ, sino, sin duda, alegrÃa maravillosa, por liberarme hoy un poco mejor!