Ciudadela

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Las razones que obran sobre las palabras no son jamás las razones verdaderas. Y por esto solamente le reprochaba expresarse al revés. Y por eso es que me callaba delante de sus mentiras, sin oír el ruido de las palabras, en el silencio de mi amor, sino solamente el esfuerzo. Ese trabajo del zorro atrapado que se debate contra la trampa. O del pájaro que se lastima en su pajarera. Y me volvía hacia Dios para decirle: «¿Por qué no le has enseñado a hablar un lenguaje comunicable? Pues si la escucho, lejos de amarla, la haré ahorcar. Y sin embargo, hay algo patético en ella y ella se lastima las alas en la noche de su corazón, y me tiene el mismo miedo de los jóvenes zorros de las arenas a los que tendía pedazos de carne y que temblaban, mordían, y me arrancaban la carne para llevarla a sus guaridas».

—Señor -me decía ella-, no saben que soy pura.

Por cierto, yo conocía el trastorno que causaba en mi casa. Y sin embargo me sentía con el corazón traspasado por la crueldad de Dios.





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