Ciudadela
Ciudadela «Ayúdala a llorar. Viértele lágrimas. Que fatigada de sí se recline sobre mi hombro: no hay en ella fatiga». Porque la habían enseñado mal en la perfección de su estado y me venía el deseo de libertarla. Sí, Señor, he faltado a mi papel… Porque no es una muchacha sin importancia. La que llora no es el mundo sino signo del mundo. Y la angustia le viene por no poder llegar a ser. Por verse dilapidada y quemada en humo. Náufraga en un río fluyente e imposible de contener. Llego, y me convierto en vuestra tierra y vuestro establo y soy vuestra significación. Soy la gran convención del lenguaje, y casa, y marco, y armadura.
—Escúchame primero… -le dije.
Ella también debe recibir. Y también los hijos de los hombres y principalmente aquéllos que no saben que pueden saber…
—Porque quiero guiaros de la mano hacia vosotros mismos… Soy la buena estación de los hombres.