Ciudadela
Ciudadela He visto a los hombres dichosos o infelices, no a causa del simple dolor de un duelo o de la dicha simple (en los esponsales, por ejemplo), no por causa de la enfermedad o de la salud, pues puedo hacer que el enfermo se sobreponga dándole una noticia sorprendente y empujarlo a través de la ciudad nada más que haciendo obrar en su espÃritu un cierto sentido de las cosas que llamaré victoria, por ejemplo (el más simple). Porque curo a la ciudad entera con el brillo de mis ejércitos victoriosos en el alba; y ves que se empujan y se abrazan. Y te dirás: ¿por qué no serÃa posible mantenerlos en tal clima, como en el clima de una gran música? Y te respondo: porque la victoria no es paisaje poseÃdo desde lo alto de las montañas, sino entrevisto desde lo alto de las montañas cuando tus músculos te lo han construido, sino pasaje de un estado a otro. Y nada es una victoria que dura. No más vivificante. Sino que enoja y ablanda. Pues entonces no es victoria, sino simple paisaje logrado. ¿Debo, entonces, vivir en el perpetuo balanceo de la miseria y la riqueza? Y descubres fácilmente que también esto es falso: porque puedes vivir toda tu vida en la desnudez y la miseria y el cansancio, como el que perseguido por los acreedores se ahorca por fin, sin que las pequeñas alegrÃas o las prórrogas pasajeras le hayan pagado la usura de las noches en blanco. AsÃ, no hay estado durable, como el de la fortuna o la victoria, si se atribuye al hombre como el forraje a un ganado.