Ciudadela
Ciudadela Te he dicho de la plegaria que es ejercicio del amor, gracias al silencio de Dios. Si hubieras hallado a Dios te fundarías en él, ya realizado definitivamente. ¿Y para qué te engrandecerías para llegar a ser? Así pues, cuando aquél se inclinaba sobre ella, murada en su orgullo como en medio de triples murallas, y absolutamente imposible de salvar, se lamentaba desesperadamente de la suerte de los hombres: «Señor -decía-, comprendo y espero las lágrimas. Son lluvia donde se funde el peligro de la tormenta, disparador del orgullo y perdón permitido. Que ella se desanude y llore y yo perdone. Pero, como un animal salvaje que se defiende con dientes y uñas contra la injusticia de tu creación, ella no sabe sino mentir».
Y la recriminaba por tener tanto miedo. Y decía a Dios, hablando de los hombres: «Los has hecho miedosos de una vez para siempre con tus dientes, espinas, uñas, venenos, escamas puntiagudas, y las zarzas de tu creación. Se precisa mucho tiempo para tranquilizarlos y para que vuelvan sobre sus pasos». ¡Y sabía bien que aquélla que mentía estaba tan lejana, tan perdida, que tendría que marchar largo tiempo para lograr aproximarse!
Y recriminaba a los hombres por existir en ellos esas distancias considerables que no sabía cómo reconocer.