Ciudadela
Ciudadela He aguardado yo mismo en mi juventud la llegada de aquella amada que me traían para esposa en el hilo de una caravana partida de fronteras tan lejanas que había envejecido en camino. ¿Has visto alguna vez envejecer una caravana? Los que se presentaron a los centinelas de mi imperio no habían conocido su propia patria. Porque habían muerto en el transcurso del viaje los que hubieran podido contar sus recuerdos de ella. Y a lo largo del camino habían sido sepultados uno tras otro. Y los que llegaron tenían en patrimonio recuerdo de recuerdos. Y las canciones que habían aprendido de sus mayores eran leyendas de leyendas. ¿Has visto milagro más milagroso que la llegada de un navío que se ha construido y aparejado en el mar? Y la jovencita que desembarcaron de una caja de oro y plata y que, sabiendo hablar, podía decir la palabra «fuente», sabía bien que de una fuente se había hablado en el pasado, en los días felices, y decía esa palabra como una plegaria para la cual no hay respuesta; pues de este modo oras a Dios, por causa del recuerdo de los hombres. Más sorprendente era que supiera bailar, y esta danza le había sido enseñada entre el pedernal y las rocas, y sabía bien que una danza era una plegaria con la que se puede seducir a los reyes; mas para la cual, en la vida del desierto, no hay respuesta. Así sucede con tu plegaria hasta la muerte, que es una danza que danzas para conmover un dios. Pero lo más sorprendente era que traía todo cuanto debía servirle. Y sus pechos tibios como palomas para la lactancia. Y su vientre liso para servir hijos al imperio. Había venido pronta, como una semilla alada a través del mar, y tan heñida, tan bien formada, tan puramente encantada por provisiones que nunca le habían servido, como tú de tus méritos, de tus actos, y de tus lecciones aprendidas que te servirán sólo en la hora de la muerte, cuando por fin seas. Había tan poco usado, no solamente del vientre y de los pechos, que eran vírgenes, sino de las danzas para seducir reyes, de las fuentes para bañar los labios, y de la ciencia de los ramilletes cuando aún no había visto flores, que al llegar a mí en su perfección total, no podía menos que morir.