Ciudadela

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—Porque no comprendes nada -respondió mi padre. Pues primero ves que esas piedras componen un brazo y reciben su sentido de él. Otras una garganta o un ala. Pero en conjunto componen un ángel de piedra. Y otras, reunidas, componen una ojiva. Y otras en conjunto una columna. Y luego, si tomas esos ángeles de piedra, esas ojivas y esas columnas, todas juntas componen un templo. Y luego, si tomas todos los templos, componen la ciudad santa que gobierna tu marcha en el desierto. Y pretendes que en lugar de someter las piedras al brazo, a la garganta, o al ala de una estatua y después, el brazo, la garganta o el ala a la estatua y después las estatuas al templo, después a través de éstos, los templos a la ciudad santa, te sea más provechoso someter el conjunto a la ciudad santa, haciendo un gran montón uniforme, como si el esplendor de la ciudad santa, que es uno, no naciera de esa diversidad. Como si el esplendor de la columna, que es uno, no naciera del capitel, del fuste y del basamento, que son diversos. Pues cuanto más alta es la verdad, más alto debes observar para aprehenderla. La vida es una, lo mismo que la pendiente hacia el mar, y sin embargo, de etapa en etapa, se diversifica, delegando su poder de Ser en Ser, como de escalón en escalón. Porque ese velero es el bien que resulta de un conjunto diverso. Pues si te acercas, descubres las velas, los mástiles, una proa, un casco, una roda. Y más de cerca, ves que cada parte tiene cuerdas, duelas, tablas y clavos. Y cada conjunto, mirado desde más lejos, se descompone.


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