Ciudadela
Ciudadela Es por esto que esta noche desde lo alto de las murallas donde guardo a la ciudad en mi potencia, donde mis guarniciones guardan las ciudades del imperio y se comunican unas con otras con la ayuda de fuegos sobre las montañas; lo mismo que a veces se llaman unos a otros los centinelas que se pasean por lo alto de las murallas. Y cada uno se aburre. (Pero, sin embargo, advertirá más adelante que extraía su sentido de ese paseo, porque no hay lenguaje ofrecido al centinela para que sus pasos sean sonoros en su corazón, y no sabe lo que hace, y cada uno cree aburrirse y esperar la hora de la cena. Mas sé bien que nada de interés hay en otorgar un lenguaje a los hombres y que mis centinelas que sueñan con la sopa y bostezan por la obligación de la guardia, se equivocan. Porque inmediatamente, a la hora de la comida, es un centinela que se nutre y lanza un golpe a su vecino -y que es vasto-; pues si los bloqueara alrededor de su comedero no tendría más que ganado).
Así pues, esta noche en que el imperio se agrieta, en que pesada es la ausencia de algunos fuegos sobre las montañas porque la noche puede lograr extinguirlos, uno tras otros, lo que es derrumbamiento del imperio, el cual derrumbamiento amenazará hasta el gusto de la comida nocturna y hasta el sentido del beso que da la madre al niño. Pues otro es ese niño que no pertenece al imperio, si no se abraza ya a Dios a través de él.