Ciudadela
Ciudadela Porque si crees comunicar con esas cosas y tomarlas y desgarrarlas y renunciarlas y esperarlas y romperlas y desparramarlas y conquistarlas, no te equivoques, pues no tomas, no retienes, no posees, no pierdes, ni reencuentras, ni esperas, ni deseas más que la luz que les es dada por su sol. Porque no hay pasarela entre las cosas y tú, sino entre tú y los rostros invisibles que son de Dios, o del imperio, o del amor. Y si te veo, marino sobre el mar, es a causa de un rostro que ha hecho de la ausencia un tesoro, a causa del retorno que te cuentan los cantos antiguos de las galeras, a causa de las historias de islas milagrosas y de los arrecifes de corales allá lejos. Porque te lo aseguro: el canto de las galeras guarda para ti el canto de las olas, aun cuando las galeras ya no existen, ni los arrecifes de corales; aun cuando tus velas jamás te conduzcan a ellos aumentan con su color de tus crepúsculos sobre las aguas. Y los naufragios de que te han hablado, aun cuando jamás naufragues, tocan en las llanuras del mar, a lo largo de los acantilados, su música de ceremonia, que consiste en amortajar los muertos. Si no, ¿qué harÃas tú fuera de bostezar tirando de los cordajes secos? Mientras que mÃrate ahora cruzados los brazos sobre tu pecho, grande como el mar. Porque no conozco nada que no sea primero rostro, o civilización, o templo construido por tu corazón.