Ciudadela

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—Ocurre con esto como con la estatua. ¿Piensas tú que para el creador se trata de la descripción de una boca, de una nariz o de un mentón? No, por cierto, sino únicamente de la resonancia de esos objetos los unos sobre los otros. Resonancia que será, por ejemplo, el dolor humano. Es posible, por otra parte, hacértela escuchar, pues no te comunicas con los objetos, sino con los nudos que los atan.

”El salvaje cree -agregó mi padre- que el sonido está sólo en el tambor. Adora el tambor. Otro cree que el sonido está en las banquetas, y adora las banquetas. Otro, por fin, cree que el sonido reside en la potencia de su brazo y lo ves pavonearse con su brazo en alto. Tú reconoces que no está ni en el tambor, ni en las banquetas, ni en el brazo, y llamas verdad al tamborileo del tamborilero.

”Rechazo, pues del gobierno de mi imperio a los comentadores de los geómetras que veneran como ídolo a aquello que ha servido para edificar; y porque un templo los conmueve adoran su poder en las piedras. Ésos vendrían a gobernarme los hombres con sus verdades para triángulos.

Sin embargo, yo me entristecía:

—No existe, pues, ninguna verdad -dije a mi padre.


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