Ciudadela

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Luego, consideraba vano leer mi ciudad desde el punto de vista de los beneficiados. Pues todos son criticables. Y no era ése mi problema. O más exactamente, no se me planteaba sino en segundo lugar. Porque ciertamente he de desear luego que los beneficiados se ennoblezcan y no se bastardeen con el uso de los beneficios. Pero ante todo importa el rostro de mi ciudad.

Por eso me fui a pasear flanqueado por un lugarteniente que interrogaba a los que pasaban.

—¿En qué ocupas tu vida? -preguntaba al azar de los encuentros, a uno o a otro.

—Soy carpintero -decía uno.

—Soy labrador -decía este otro.

—Soy herrero -decía el tercero.

—Soy pastor -decía otro.

—O cavo pozos. O cuido enfermos. O escribo para aquéllos que no lo saben. O soy carnicero. O forjo platos de té. O tejo telas. O coso vestiduras. O…

Y se me hacía evidente que éstos trabajaban para todos. Pues todos consumen ganado, agua, remedios, planchas, té y vestiduras. Y nadie consume exageradamente pues tú comes una vez, y te arreglas una vez, te vistes una vez, bebes una vez té, escribes una vez tus cartas y duermes en un lecho de una casa.

Pero ocurría que uno entre ellos me respondió:

—Edifico palacios, tallo diamantes, esculpo estatuas de piedra…


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