Ciudadela
Ciudadela Me acordé de ese profeta de mirada dura que, para colmo, era bizco. Me vino a ver, y la cólera lo poseÃa. Una cólera sombrÃa.
—Conviene -me dijo- exterminarlos.
Y yo comprendà que tenÃa el gusto de la perfección. Pues sólo es perfecta la muerte.
—Pecan -dijo.
Yo callaba. VeÃa claramente bajo mis ojos su alma tallada como una espada. Pero pensaba:
«Existe por el mal. No existe más que para el mal. ¿Qué serÃa de él, pues, sin el mal?».
—¿Qué deseas -le pregunté- para ser venturoso?
—El triunfo del bien.
Y comprendà que mentÃa. Pues llamaba ventura al desuso y la herrumbre de su espada.