Ciudadela

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Encontrarás, pues, obligaciones y prohibiciones. Pues ese campo es impropio para labrar, mas no ese otro. Ese pozo salvará a la ciudad, y el otra la enfermará. Esa muchacha se casa, y su aldea se transforma en cántico. Pero la otra aldea llora su muerto. Y cuando tiras de una punta todo el dibujo aparece. Pues el labrador bebe. Y el pocero casa a su hija. Y la desposada come el pan del primero y bebe el agua del segundo, y todos celebran las mismas fiestas, oran a los mismos dioses, lloran los mismos duelos. Y tú te transformas en lo que uno se transforma en esa aldea. Luego me dirás quién acaba de nacer en ti. Y si no te place, sólo entonces renegarás de mi aldea.

Pues no hay ningún paseante ocioso a quien le sea dado ver. Lo único que se le muestra es un montón de cosas, el cual no es nada; ¿y cómo podrías de primera intención alcanzar al dios, si no es otra cosa que ejercicio de tu corazón?

Y llamo verdad sólo a aquello que te exalta. Pues nada se demuestra en pro o en contra. Pero tú no dudas de la belleza si vibras ante tal rostro. Me dirás entonces que en verdad es bello. Lo mismo ocurre con el dominio o con el imperio, si te sientes obligado a aceptar, una vez que los has descubierto, morir por ellos. ¿Cómo es que son verdaderas las piedras y no el templo?


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