Ciudadela

Ciudadela

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Cuando te das, recibes más de lo que das. Pues no eras nada y te tornas algo. Y poco me importa si las palabras se sacan la lengua.

Yo hablaré para ti que estás sola; porque tengo el deseo de habitarte. Y tal vez te es difícil recibir un esposo en tu casa, a causa de una espalda contrahecha o de una enfermedad de los ojos. Pero hay presencias más fuertes, y he observado que no era el mismo el canceroso en su lecho una mañana de victoria, y que a pesar de que el grosor de los muros anula los ruidos de los clarines, su habitación estaba como llena.

Y sin embargo, ¿qué ha pasado desde afuera adentro sino el lazo divino que une las cosas y que se ríe de los muros y los mares? ¿Y por qué no habría de existir una divinidad más ardiente aún? La cual te modelará ardiente de corazón, fiel y maravillosa.

Porque el amor verdadero no se gasta. Más das, más queda. Y si vas a extraerlo a la fuente verdadera, más tú sacas, más generosa es. Y el aroma de la cera es verdadero para todos. Y si la otra también lo prueba, será más rica para ti.

Mas ese esposo carnal de tu casa te saqueará si sonríe en otra parte, y te fatigará amar.

Por eso te visitaré. Y no tengo necesidad de hacerme conocer de ti. Yo soy el lazo del imperio y te he inventado una plegaria. Y soy la piedra angular de cierto gusto de las cosas. Y te ato. Y tu soledad termina.


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