Ciudadela

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Lo mismo ocurre con las negociaciones con mi enemigo, si éste es el vencedor. Pero no vayas a reprocharme que estime a uno y me someta de buen grado al otro.

Pues en verdad, si pides una explicación a mis limpiadores de cloacas, te dirán que las limpian por gusto del olor de las suciedades.

Y mi verdugo te dirá que decapita por gusto de la sangre.

Pero te engañarías si me juzgaras, a mí que los incito, según su lenguaje. Porque es mi horror a las suciedades y es mi amor al umbral lustrado lo que me hace llamar a los limpiadores de cloacas. Y es mi horror a la sangre vertida cuando es inocente, lo que me ha constreñido a inventar un verdugo.

Y ahora no escuches hablar a los hombres si deseas comprenderlos. Porque si he decidido la guerra y el sacrificio de la vida para salvar los graneros del imperio, como los más heroicos se habrán lanzado a la vanguardia para predicar la muerte, ellos te hablarán del único honor y de la única gloria de morir. Pues nadie muere por un granero.

Y lo mismo ocurre con el amor por el navío, que se convierte en amor por los clavos en el fabricante de clavos.


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