Ciudadela
Ciudadela Si juzgas mi obra, espero que me hables sin mezclarme en tu juicio. Porque si esculpo un rostro, me cambio en él y lo sirvo. Y no es él quien me sirve. Y en efecto, acepto hasta el riesgo de muerte para acabar mi creación.
Así, pues, no atemperes tus críticas por temor a herirme en mi vanidad, porque en mí no existe vanidad. La vanidad no tiene sentido para mí, ya que se trata, no de mí sino de ese rostro.
Pero si ocurre que ese rostro te ha cambiado al haber transportado a ti alguna cosa, no atemperes tampoco tus alabanzas por temor a ofender mi modestia. Porque no existe en mí ninguna modestia. Se trata de un tiro cuyo sentido nos domina, pero en el cual es bueno que colaboremos. Yo como flecha, tú como blanco.