Ciudadela
Ciudadela Lo que te pido es de esencia distinta a la trampa. Igual a tu silencio en la catedral de piedra. AsÃ, pues, ocurre que eras tú quien pretendÃa hacerme despreciar la materia y buscar la esencia, y te has apoyado sobre esa bella ambición para proveerme de tus indescifrables mensajes, que me construyen una trampa enorme de colores chillones que me aplasta y me disimula el ratón nacido muerto que has cazado.
Pues en tanto te reconozco, o pintoresco o brillante, o paradojal, quieres decir que no he recibido nada de ti; porque, simplemente, te muestras como una feria. Pero te has equivocado sobre el objeto de la creación. Porque no se trata de mostrarte, sino de transformarme. Si agitas delante de mà tu espantapájaros, me iré a posar en otra parte.
Pero el que me ha conducido allá adonde querÃa y luego se ha retirado, me hace creer que yo descubro el mundo y me transforma en lo que él deseaba.
Mas tampoco creo que esa discreción consista en pulirme un molde donde ondulen vagamente una nariz, una boca y un mentón como en una cera olvidada al lado del fuego, porque si desprecias tanto los medios que usas, comienza por suprimirme ese mármol mismo, o esa arcilla, o ese bronce, que son más materiales aún que un simple trazado del labio.