Ciudadela

Ciudadela

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Porque, a fin de cuentas, ¿qué voy a decirte? He ido a menudo a sentarme en la montaña. Y he contemplado la ciudad. O bien, paseándome en el silencio de mi amor, he escuchado hablar a los hombres. Y, ciertamente, he escuchado palabras a las que sucedían actos, como las del padre que dice a su hijo: «Ve a llenarme este cántaro a la fuente», o las del cabo que dice a su soldado: «A medianoche tomarás la guardia…». Pero siempre que ha parecido que esas palabras carecían de misterio, y que el viajero ignorante del lenguaje, al comprobarlas de esa manera ligadas a lo acostumbrado, no hubiera encontrado nada más asombroso que en los movimientos de un hormiguero, de los cuales ninguno parece oscuro. Y observando los acarreos, las construcciones, los cuidados a los enfermos, las industrias y los comercios de mi ciudad, no veía nada que perteneciera a un animal algo más audaz, inventivo y comprensivo, que los otros; pero la misma evidencia me demostraba que al considerarlos en sus funciones usuales, todavía no había visto a los hombres.

Porque donde se me aparecía y quedaba inexplicable según las reglas del hormiguero, donde se me escapaba al ignorar el sentido de las palabras, era cuando, sentados en círculo en la plaza del mercado, escuchaban a un relator de leyendas, que hubiera podido, a su capricho, levantarse luego de haberles hablado y, seguido por ellos, incendiar la ciudad.


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