Ciudadela
Ciudadela Ciertamente, he visto multitudes apacibles, sublevadas por la voz de un profeta, que se van a fundir, tras él, en el horno del combate. Tenía que ser irresistible lo que acarreaba el viento de las palabras para que la multitud, habiéndolas recibido, desmintiera el comportamiento del hormiguero y se cambiara en incendio, ofreciéndose voluntariamente a la muerte.
Porque los que volvían a sus casas estaban cambiados. Y me parecía que no eran necesarias las charlatanerías de los magos para creer en las operaciones mágicas, ya que para mis oídos eran conjuntos de palabras milagrosas, capaces de arrancarme de mi casa, de mi trabajo, de mis costumbres, y de hacerme desear la muerte.
Por eso siempre escuchaba con atención, diferenciando el discurso eficaz del que nada creaba, para aprender a reconocer el objeto del acarreo. Porque, ciertamente, el enunciado no importa. De otra manera todos serían grandes poetas. Y todos serían conductores de hombres con sólo decir: «Seguidme en nombre del asalto y el olor de la pólvora quemada…». Pero si tratas de hacerlo, los ves reírse. Lo mismo que con los que predican el bien.
Pero tras asistir al triunfo de algunos y al cambio de otros, y después de rogar a Dios para que me iluminara, me ha sido dado aprender a reconocer en el viento de las palabras el raro acarreo de las semillas.