Ciudadela
Ciudadela Estudié, pues, los libros de los prÃncipes, las ordenanzas dictadas a los imperios. Los ritos de las diversas religiones, los ceremoniales de los funerales, de los matrimonios y nacimientos, aquéllos de mi pueblo y aquéllos de los otros pueblos, aquéllos del presente y aquéllos del pasado, buscando leer relaciones simples entre los hombres en la calidad de sus almas con las leyes que fueron dictadas para fundar, regir y perpetuar; y no pude descubrirlas.
Y sin embargo, cuando debÃa enfrentarme con los que venÃan del imperio vecino donde reinaba tal ceremonial de los sacrificios, lo descubrÃa con su ramillete, su aroma y su manera particular de amar u odiar, pues no es ni con amor ni con odio que se reúnen. Y tenÃa el derecho de interrogarme sobre este génesis y de decirme: «¿Cómo tal rito que me parece sin relación, ni eficacia, ni acción, pues trata de un dominio extranjero al amor, funda este amor y no otro? ¿Dónde, pues, se aloja el lazo entre el acto, y las murallas que gobiernan el acto, y tal calidad de sonrisa que es de ése y no del vecino?».