Ciudadela

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Y sin embargo, las diferencias son absolutas. Porque ni el amor, ni la justicia, ni la envidia, ni la muerte, ni el cántico, ni la transmutación en los niños, ni la transmutación en el príncipe ni la transmutación en la amada, ni la transmutación en la creación, ni el rostro de la dicha si tiene la forma del interés, se parecen de uno a otro, y he conocido a aquéllos que se estimaban colmados al apretar los labios o bajar los ojos, con falsa modestia, si les crecían las uñas demasiado largas, y a otros que te hacían el mismo juego, si te mostraban callos en sus palmas. Y he conocido a aquéllos que se juzgaban según el peso del oro en sus cuevas, lo que te parece avaricia sórdida, hasta que descubres otros que sienten los mismos sentimientos de orgullo y se juzgan con una complacencia satisfactoria si han empujado piedras inútiles en una montaña.

Pero me he convencido que, evidentemente, estaba equivocado en mi tentativa, pues no existe deducción que permita pasar de una etapa a la otra, y mi diligencia era tan absurda como la del charlatán que, si admira contigo la estatua, pretende explicarte por la línea de la nariz o la dimensión de la oreja, el objeto de ese acarreo, que, por ejemplo, era melancolía de una tarde de fiesta, y reside aquí como captura, la cual no es jamás la esencia de los materiales.


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