Ciudadela

Ciudadela

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

148

Pero he sabido descubrir los diques que fundan un hombre, al azar de mis paseos en una campiña extranjera. Había tomado, al paso lento de mi caballo, un camino que ligaba un pueblo con otro. Hubiera podido franquear derecho la llanura, pero siguió los contornos de un campo y así yo perdía algunos instantes en ese rodeo y gravitaba contra mí ese gran cuadrado de avena, pues mi instinto librado a sí mismo me hubiera llevado derecho, más la gravitación de un campo me hacía ceder. Y me gastaba la vida la existencia de un cuadro de avena, pues le fueron consagrados minutos que me hubieran servido para otra cosa. Y ese campo me colonizaba pues consentía en rodearlo, y mientras hubiera podido arrojar mi caballo sobre él, lo respetaba como un templo. Después mi camino me condujo a lo largo de un dominio cerrado con muros. Y el camino respetaba el dominio y cedía en curva lenta a causa de las salidas y entradas del muro de piedra. Y veía, detrás del muro, los árboles más apretados que los de los oasis nuestros y algún estanque de agua dulce que reverberaba detrás de las ramas. Y sólo oía el silencio. Después pasé a lo largo de un portal bajo el follaje. Y mi camino se dividía aquí, donde una rama servía a ese dominio. Y poco a poco, en el curso del lento peregrinaje, mientras que mi caballo cojeaba en el atolladero, o tiraba las riendas para comer el pasto raso a lo largo de los muros, me sobrevino el sentimiento que mi camino, en sus inflexiones sutiles, y sus respetos, y sus holganzas, y su tiempo perdido como por el efecto de algún rito o de una antecámara del rey, dibujaba el rostro de un príncipe, y todos los que lo tomaban, sacudidos por sus calesas o balanceados por sus asnos lentos, eran, sin saberlo, ejercitados en el amor.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker