Ciudadela
Ciudadela Mi padre decía:
—Se creían enriquecidos al aumentar su vocabulario. Y, por cierto, puedo muy bien usar una palabra más, que significara para mí «sol de octubre» por oposición a otro sol. Pero no veo qué gano con esto. Descubro por el contrario que pierdo la expresión de esa dependencia que me ata a octubre, y a los frutos de octubre y a su frescura, con este sol que ya no arriba tan bien a su fin, porque se ha gastado. Raras son las palabras que me hacen ganar algo expresando de repente un sistema de dependencias de las que me serviría en otra parte, como «envidia». Porque envidia te permitirá identificar sin tener que dividir todo el sistema de dependencia, lo que a ella compara. Así, te diría: «La sed es envidia del agua». Porque los que he visto morir, si me han parecido atormentados, no fue por una enfermedad, no más abominable en sí misma que la peste, la cual te embrutece y te arranca modestos gemidos. Mas el agua te hace aullar pues la deseas. Y ves en sueño beber a los otros. Y te hallas exactamente traicionado por el agua que corre en otra parte, lo mismo que por esa mujer que sonríe a tu enemigo. Y tu sufrimiento no es enfermedad, sino religión, amor e imágenes, las cuales son sobre ti eficaces de otra manera. Porque vives según un imperio que no pertenece a las cosas, sino al sentido de las cosas.
”Pero «sol de octubre» será para mí un débil socorro porque es demasiado particular.