Ciudadela
Ciudadela Empleamos la primera jornada en rodearla, lentamente, buscando alguna brecha, alguna falla, o al menos alguna salida murada. Caminábamos a tiro de fusil; pero ninguna respuesta rompÃa el silencio, aunque sucedÃa que algunos de mis hombres, en los que el malestar se agravaba, tirasen ellos mismos salvas de desafÃo. HabÃa algo en esta ciudad detrás de sus murallas semejante al caimán bajo su caparazón que desdeña hasta interrumpir su sueño por ti.
Desde una eminencia lejana que, sin sobrepasar las murallas permitÃa una mirada al ras, observamos una verdura apretada como berros. Mientras que en el exterior de las murallas no se pudo descubrir una brizna de hierba. Sólo habÃa, hasta el infinito, arena y rocalla gastadas por el sol, de tal modo las fuentes de los oasis habÃan sido pacientemente avenadas para el solo uso interior. Esas murallas retenÃan la vegetación como el casco una cabellera. Deambulábamos estúpidos, a algunos pasos de un paraÃso demasiado denso, de una erupción de árboles, de pájaros, de flores, estrangulado por la cintura de las murallas como por el basalto de un cráter.