Ciudadela

Ciudadela

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Así sucede con mis jóvenes tenientes que sueñan morir por el imperio, si los asciendo a capitanes. Míralos en la gloria, ¿en qué ves que se disminuyan? Los he vuelto más eficaces, más sacrificados. Y al ennoblecerlos, ennoblezco algo más grande que ellos. Así, con el comandante que servirá mejor el navío. Y el día que lo he nombrado se embriaga y embriaga a sus capitanes. Así, con la mujer dichosa de ser bella a causa de que ella ilumina. Un diamante la embellece. Y embellece el amor.

Tal ama su casa. Es humilde. Pero ha penado y velado por ella. Falta sin embargo alguna alfombra de lana alta o el jarro de plata que pertenece al té junto a la amada antes del amor. Y he aquí que una tarde, habiendo penado, velado y sufrido, ha entrado en casa del comerciante y ha escogido la más bella alfombra, el jarro más bello, como se escoge el objeto de un culto. Y he aquí que retorna rojo de orgullo pues habitará esa noche una verdadera casa. E invita a todos sus amigos a beber para festejar el jarro. Y habla en el curso del banquete, él, el tímido y todo en ello me conmueve. Pues el hombre, por cierto, se ha engrandecido y sacrificará aun más a la casa, pues ella es ahora más bella.




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