Ciudadela
Ciudadela Pero los otros leen lo usual. Miopes y con la nariz pegada a él, no ven del navÃo, sino ese clavo en la madera. De la caravana en el desierto no ven más que ese paso y ese paso y ese paso. Y toda mujer se les prostituye, pues se la conceden como regalo y significación del instante, cuando se la debe alcanzar por la vÃa de los pedernales y de las zarzas, por la cercanÃa de los palmerales, por el gesto del dedo que empuja dulcemente la puerta. El cual, si se llega de tan lejos, es milagro como para despertar a un muerto.
¡Ah! Entonces solamente brotarán y te reanimarás del polvo del tiempo, extraÃdo lentamente de tus noches solitarias, perfume que llega a liberarse, juventud del mundo una vez más reanudada para ti. Y comenzará para vosotros el amor. Los otros apenas han recibido alguna recompensa de las gacelas que han aprisionado lentamente.
Odio su inteligencia que solamente era para lo contable. Y que nada observaba aparte del balance miserable de las cosas agotadas en el instante. Si avanzas a lo largo de las murallas también ves una piedra, y otra, y otra. Pero hay quienes tienen el sentido del tiempo. No chocan contra esta piedra ni contra esta otra. No extrañan tal piedra, ni esperan recibir su débito de tal piedra próxima entre las otras. Avanzan, simplemente, alrededor de la ciudad.